La lucidez de Marta

asc3ad-lucirc3adan-los-superhc3a9roes-en-su-vejez-5

(Imagen de recreoviral.com)

Ella estaba sentada en el borde de la camilla de la enfermería. La puerta estaba abierta y llegaban algunas voces atenuadas por el pasillo. Medio día. Al otro de la persiana abierta la ciudad tenía su propio ritmo, se distinguían las copas de los árboles y los áticos de los edificios. Marta miraba hacia la pared opuesta de la estancia con gesto distraído. Tenía en una mano un vaso de zumo de naranja medio vacío. O medio lleno.  Sigue leyendo

Anuncios

Los dos minutos de felicidad

bxe4wwiqvbrzx3uzhjwl_goldenyears_6

(Imagen de mymodernmet.com)

La habitación era una doble. A cada lado había una cama, con un espacio en el centro. Parecía la típica de cualquier hotel. Ella ya había colocado una silla entre las dos camas, mientras yo cogía otra plegable que estaba apoyada contra la pared y la desplegaba junto a ella. Mientras se sentaba volví a presentarme. Alumno de enfermería, me gustaría preguntarle algunas cosas respecto a su salud. “Claro, lo que necesites”. La conversación empezaba bien y acabaría todavía mejor. Sigue leyendo

Las emergencias mientras duermes

luz-policia-usb

(Imagen de cienciaonline.com)

El sol se agota y se encienden las luces de la ciudad. Tú te vas a dormir como cada noche, sin saber que otros no dormirán. De hecho, no dormirán para que tú puedas dormir. Lo llaman trabajo vocacional, o trabajo simplemente. Y como tal, lo hacen lo mejor que saben para que nada te moleste, para que no llegue hasta tu puerta ningún vehículo destellando luces naranjas, rojas o azules. Son los cuerpos de emergencias.

Sigue leyendo

Antonio, el jornal y el hospital

urgencias-750x350

(Imagen de revistasaludcoomeva.com)

Cuando entré en la habitación del hospital, ese hombre, que tenía su propio nombre pero podría llamarse por ejemplo Antonio, estaba mirando a la pared. Sin expresión, distraído, como si supiera que iba a entrar y quisiera que lo encontrara así. No iba a nada especial, solo a quitar una medicación que había terminado de entrar en su cuerpo. Pero me miró y sonrió, al igual que hizo su mujer, sentada a su lado. La sonrisa no faltaba. Las arrugas surcaban los rostros de ambos y el silencio se mantenía mientras yo movía mis manos sobre su brazo, por el que habían pasado muchas décadas. Sigue leyendo