Antonio, el jornal y el hospital

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(Imagen de revistasaludcoomeva.com)

Cuando entré en la habitación del hospital, ese hombre, que tenía su propio nombre pero podría llamarse por ejemplo Antonio, estaba mirando a la pared. Sin expresión, distraído, como si supiera que iba a entrar y quisiera que lo encontrara así. No iba a nada especial, solo a quitar una medicación que había terminado de entrar en su cuerpo. Pero me miró y sonrió, al igual que hizo su mujer, sentada a su lado. La sonrisa no faltaba. Las arrugas surcaban los rostros de ambos y el silencio se mantenía mientras yo movía mis manos sobre su brazo, por el que habían pasado muchas décadas.

Cuando ya había terminado levantó la cabeza y me preguntó si era estudiante de enfermería, le respondí que sí, y ahí empezó una conversación. Hablamos de muchas cosas, de como veía él la sociedad, la política y el problema del paro. Me dijo que estaba preocupado por la situación actual, que su hijo se había quedado sin trabajo y no sabría si volvería a encontrarlo. Que los políticos solo miraban por ellos mismos y que, aunque a él le quedaba ya poco tiempo, toda esta situación le tenía muy preocupado por nosotros, por los jóvenes, porque no sabía que futuro tendríamos. Le dije que lo haremos lo mejor que podamos.

También me dijo que él siempre había trabajado en el campo, y que me aplicara muy bien en lo que hacía, fuera lo que fuera, que no perdiera el tiempo. Que él no habría conseguido nada si en vez de ir al campo a trabajar con el tractor hubiera pasado todas las mañanas jugando al dominó en el bar. Las ideas iban y venían. Me preguntó si nos pagaban “jornal” como estudiantes y puso cara de enfado cuando le dije que no. Su mujer también comentó lo preocupada que estaba porque les habían cambiado el hospital que les tocaba, y ahora tenían más problemas para venir, porque a su edad ya no podían conducir y dependían de alguien que les acercara.

Yo perdí la noción del tiempo mientras hablaban, fue como si el reloj se hubiera parado y la luz que entraba por la ventana no cambiara de orientación, como debería ocurrir por la rotación del planeta. Me preguntó si había trabajo en el campo y le dije con una sonrisa que no, solo en la ciudad.

Yo estaba a menos de medio metro de él, como siempre, pero me pareció que estábamos más lejos que nunca. Dos mundos distintos, dos vidas distintas que se cruzan en tiempo y lugar y comparten las mismas preocupaciones. Eran la pareja más simpática, siempre disculpándose cada vez que preguntaban algo, porque decía que nos daban “trabajo de más”, aunque les decíamos que no era así.

Para Antonio, la mejor medicina se la prescribió él mismo: su actitud. Esa fue siempre la clave. Nosotros lo sabíamos y él también, era una de esas cosas de las que todo el mundo se da cuenta y resulta tan evidente que nunca se menciona. Es como un gran truco de magia humano que disfrutas en primera fila como espectador pero del que no quieres saber el secreto, porque no hace falta decirlo, porque al decirlo perderías la magia y el secreto resultaría dañado. Y en este mundo de pijamas blancos, de ciencia, técnica y olores a desinfectante, lo primero es no hacer daño.

Su actitud era lo que hacía que le describiéramos como “un hombrecito encantador”, al igual que su mujer, siempre a su lado.

Llegó el día más esperado para Antonio, el día del alta. Fui a quitarle la medicación y la vía de su brazo que tantas veces había tocado esos días. Me esmeré en no pellizcarle demasiado la piel, a pesar de lo pegado que estaba el esparadrapo a su brazo. Su mujer se había acercado minutos antes a devolver la botella de agua sin abrir que les habían dejado en la habitación como cada mañana diciendo “Ya no me hace falta” con una sonrisa. Un gesto que no había visto en mi vida, pequeños detalles que marcan la diferencia. Despejé el apósito de su piel y le sonreí. “Bueno Antonio, pues ya está, ha sido un placer” dije estrechándole la mano. “Que tengas jornal y que vivas bien” dijo sonriendo, por fin se iba a casa. No quiso irse sin decirme el pueblo y la calle donde vivía “por si alguna vez pasas por allí”. Yo se lo agradecí, me despedí de su mujer y salí de la habitación al pasillo, dejando atrás ese micro clima de cada paciente, pensando dos cosas.
Primero, que ser sanitario es la mejor profesión que existe. Y segundo, que no somos héroes. Los héroes son ellos, los que están en las habitaciones. Los que tienen que luchar contra el dolor y el miedo. Los que saben que están en el punto A de su enfermedad y deben llegar al punto B de la recuperación. Ellos son los que deben recorrer ese camino. Nosotros solo estamos a su lado y cuidamos de ellos lo mejor que sabemos mientras lo recorren.

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