La maduración del año

Año tras año, vamos cambiando. (Imagen de blog.suoficinavirtual.com)

El título de esta entrada parece el nombre de un libro poco vendido. Quizás os parece ingenioso, sarcástico, alegre o triste, pero creo que no hay mejor manera de definir lo que quiero expresar.

Ahora que se acaba el año, todos tendemos a mirar hacia atrás y ver el recorrido que hemos vivido. Visualizamos las lágrimas, las sonrisas, la cantidad de veces que le hemos dado vueltas a esa persona, esa situación, todos esos momentos junto al mar o la montaña. Las noches en compañía de amigos o de alguien especial, las pelis de cine, el olor de ese libro que tanto nos gusta o las lluvias que azotaron nuestra ciudad y nos empaparon hasta los huesos. Sin olvidar los días de sol, el calor, la arena, la horchata en la terraza o la biblioteca.

Y en ese momento es cuando pasamos todas esas experiencias por un filtro, un filtro que se encuentra a mitad de camino entre nuestra mente y el corazón. En tierra de nadie, se mueve entre la conciencia y el cerebro, entre la razón y nuestra alma. Todo lo que llega a ese espacio es examinado con lupa, y nuestras neuronas se ponen a funcionar a toda máquina para tener en poco tiempo lecciones aprendidas a base de deducción. En resumen, es cuando volvemos la vista a atrás y reflexionamos sobre qué hemos vivido este año que termina.

Los resultados no siempre son buenos, y quizás nos sorprendan. Al final, lo que nos queda después del filtro son lecciones valiosas, experiencias que servirán de andamio a nuestra vida, de sostén a nuestras actitudes y como gasolina para nuestros sueños. Defenderemos ideas y crearemos comportamientos en base a lo ocurrido, a nuestra experiencia. Algunas cosas siempre nos gustarán y otras volverán de vez en cuando a atormentarnos.

Realmente lo que hacemos es comprimirlo todo en un pedacito de memoria e incorporarlo a nuestra esencia, a nuestro ser. Lo bueno y lo malo forma parte de nosotros, y hace que seamos más nosotros, más reales y más duraderos. Y en cuanto empieza el año, casi sin darnos cuenta, borramos todo lo que no quisimos recordar, lo que no quisimos ver. Formateamos el disco duro de nuestra mente de todo menos de ese pedacito de recuerdos que ya son imborrables para toda la vida. El cerebro se pone a funcionar de nuevo, pulsamos la tecla REC y volvemos a acumular experiencias. Y así siempre.

Así vivimos y así morimos. Así se madura.

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