¿Tienes dignidad?

Una viñeta que viene de perlas para este post (imagen de ura-sevilla.blogspot.com)

Hacemos las cosas porque nos gustan. Nos gustan tanto, que la gente se junta en organizaciones para hacerlas, son de muchos tipos y algunas incluso hacen un servicio a la sociedad en forma de voluntariado. Cuando entras en un sitio como ese, uno tiene claro que va a hacer lo que le gusta, invirtiendo su tiempo libre en ello. Conforme pasa el tiempo, si se está a bien, se puede llegar a sentir orgullo. Todo funciona, es como un reloj perfectamente engrasado, una danza de bailarines expertos o una jugada de ajedrez inmejorable. La gente te mira y te apoya, les gusta lo que haces y te lo reconocen. Descubres que hay pocos lugares mejores, porque la materia prima de la que están hechos los sueños y las cosas es la actitud, y en estos sitios sobra actitud. Todo se hace porque uno quiere, te sientes bien, completo. Te das cuenta de que el sueldo no es necesario, formas parte de un grupo de gente que a los ojos de otros son locos, pero que con un simple “gracias” se consideran ricos.

Pero no todo es perfecto. Llega un momento en que ya sabes como funciona todo, no hace falta que te lo cuenten. Y justo en ese momento, lo que parecía ser una fachada perfecta y reluciente muestra sus grietas al sol, la demostración de que somos humanos, y los humanos fallamos. El poder corrompe. Piensas que no pasa nada, que es algo normal, y continúas. Sigues dentro porque sabes que hay cosas buenas que contrarrestan las malas, que tu actitud es positiva y aún tienes motivación de sobra, tiendes a mirar para otro lado. El velo de optimismo se descorre y lo ves todo más normal, el mundo ya no parece color de rosa. Entonces tomas la actitud más tradicional de todas: llegar, hacer lo que te gusta, e irte a casa. Total, ¿por qué preocuparse? 

Empiezo este tercer párrafo hablando de la tercera fase de esta historia, supongo que ya os podéis imaginar lo que viene ahora. Un día, pensándolo bien, ves que tu tiempo en esa organización está a punto de agotarse. La paciencia se reduce hasta niveles mínimos, a tu alrededor ya no queda mucho del ambiente que había cuando entraste, las cosas se hacen mal y no parece importar a mucha gente. Cuando lo comentas con los demás, la mayoría tienen la misma actitud: llegan, hacen lo que les gusta, y se van a casa. Y a ti, siempre fiel a tus valores y principios, te empieza a molestar esa actitud. ¿Es que los demás no sienten las cosas como tú? ¿Es que piensan quedarse parados? Rotundamente, , piensan quedarse parados. Tienen miedo de que les inviten a irse por no seguir la corriente. Porque a veces, el miedo al cambio no hace que nos movamos más. Al contrario, hace que nos bloqueemos. Y de eso se aprovechan los gobernantes y malos jefes del mundo. Cuando hablas y dices lo que no te gusta, te tachan de loco, de no estar en la onda de los demás. Y en ese momento, quieres dejarlo. Sientes la típica tentación de ser como los demás, de no ver lo que no quieres ver, pero no puedes, tus valores son superiores. Vuelas alto cada día y no estás dispuesto a mancharte de barro por personas frustradas que se han equivocado de sitio y que se sienten, sin motivo, superiores a ti. Luego, lo dejas, sin dudarlo. Pasas un tiempo de pena, porque cuando se crea un gran vacío momentáneamente nada puede llenarlo.

Pero has hecho lo correcto, tu estás por encima, tus valores están por encima. Puedes tener la cabeza alta, algo que no pueden decir todos. El fin no justifica los medios. Sentirse bien no justifica aguantar todo y a todos. Si haces eso, estás pagando con tu dignidad, y esa no es moneda de cambio. Vendrán tiempos mejores, hay que seguir haciendo camino.

No he dicho mucho, pero realmente lo he dicho todo. Lo dedico a todos los compañeros que lo son de verdad.

“La dignidad es el respeto que una persona tiene de sí misma y quien la tiene no puede hacer nada que lo vuelva despreciable a sus propios ojos”. Concepción Arenal, escritora.

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