No es para tanto.

(imagen de djibnet.com)

 

Estaba agobiado, los problemas parecían aumentar a cada semana y necesitaba respirar, saber que las cosas iban a mejorar. Creía que las cosas no tenían remedio, que el futuro sería negro hiciera lo que hiciera. Todo esto fue así hasta que un día cogí un avión. Cuando el aparato se elevó sobre las nubes y vi el mar azul, las cosas cambiaron. Los problemas no desaparecieron, pero ya tenían otro color. Los coches, como hormigas, se movían por carreteras minúsculas. Las playas eran suaves pliegues donde la tierra se juntaba con el mar, que desprendía un brillo intenso al reflejar la luz del sol. Si los coches parecían pequeños, con las personas pasaba igual, eran puntos borrosos que se movían lentamente. La calma reinaba allá arriba, entre las nubes. Ni atascos, ni agobios, ni siquiera pájaros, solo el ruído del motor, como un mantra que se repite eternamente, y pedacitos de nubes flotando alrededor que se arremolinaban al sentir las vibraciones del avión.

No era para tanto. Los problemas que teníamos los humanos ahí abajo no eran para tanto. Lo cierto es que el mundo, nuestro mundo, seguía su curso. Sin tonterías, sin detenerse a ver si nos importaba o no. Cuando bajé, todo estaba mejor. No es que me sintiera otro ni que pensara que mi vida era distinta, sencillamente me relajé y afronté las cosas mejor. A veces ayuda respirar aire fresco y ver que, por difícil que parezca, siempre hay una salida.

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