Una carrera más

Todo empieza con un paso, el primero de muchos.

El día acompaña y el sol aún no ha desaparecido por el horizonte. Suave brisa y pocas nubes, momento ideal para salir a correr, a dejarse la piel de nuevo. Cinco kilómetros más para el bolsillo. Algo de trote, luego estiramientos y enseguida estamos listos para empezar.

El primer kilómetro sirve como calentamiento. Los músculos comienzan a tensarse, el corazón acelera hasta coger el ritmo de las piernas y luego lo mantiene, una máquina maravillosa. Todo el cuerpo se adapta.

En el segundo kilómetro, la mente ya lo ha programado todo y enciende el piloto automático. Los pies ya se mueven solos, los pulmones se han ensanchado. Comenzamos a no darnos cuenta de que estamos corriendo sin parar a un ritmo constante, e irónicamente el no darnos cuenta nos proporciona sensación de seguridad, de control y comenzamos a disfrutar de la carrera.

Durante el tercer kilómetro, ya nos estamos divirtiendo desde hace un buen rato. La gente nos mira como si estuviéramos locos, pasamos a su lado y les adelantamos. Algunos se apartan educadamente, otros se quedan en medio, no nos importa y seguimos nuestro camino. Todo fluye, y la música no deja de sonar, bombardeándonos el tímpano con notas y vibraciones. Máximo disfrute.

Kilómetro cuatro. Sudor. Llevamos ya un tiempo y se nota, pero la energía no decae. Nuestras piernas nos mantienen mientras afrontamos los últimos mil metros. A estas alturas, quizás una sensación, un impulso o una voz interior nos dice que tenemos que parar, que no vale la pena seguir. Esa cosa, sea lo que sea, es una mentirosa. Nuestro corazón y nuestras piernas van a aguantar, así ha sido desde que el ser humano comenzó a correr hace millones de años, y no va a cambiar ahora, en la cúspide de nuestra evolución como especie. Nuestra mente juega contra nosotros, se burla y se ríe en nuestra cara para que lo dejemos.

Si superamos todo lo anterior, es cuando realmente empieza la carrera, es cuando realmente corremos de verdad.

Porque en este momento es cuando nuestros músculos trabajan de verdad. Es cuando el corazón y la mente se hacen fuertes y se curten en la adversidad. Nada nos para, fluimos sobre nuestras zapatillas mientras nos visualizamos llegando a nuestra meta, en este caso los 5k programados. El tanque de gasolina lo tenemos casi vacío, pero seguimos moviéndonos.

Por un instante diminuto que dura una eternidad, somos invencibles. Sencillamente nada nos para, no sentimos cansancio, olvidamos el dolor y nos olvidamos de mirar el tiempo que llevamos corriendo. Cuando el cansancio aumenta demasiado y nos acercamos a la lesión, sabemos que ha llegado el momento de descansar para poder seguir corriendo otro día.

Hemos superado los cinco kilómetros y la sensación es agotadora, pero nuestro objetivo está conseguido. Ya volveremos, ya habrá otros días, a casa con la alegría de habernos superado a nosotros mismo de nuevo.

Eso es correr.

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