La peor compañera: la derrota.

Derrota

Un jugador de fútbol, después de fallar un penalti que le habría dado la victoria a su equipo. (via newsimg.bbc.co.uk)

No se puede evitar, antes o después llega. En el mundo del deporte siempre está a nuestro lado, se puede ver en cada gesto tras una mala jugada, en la expresión de los jugadores al terminar un partido derrotados. Viene acompañada de un sabor amargo, pero no amargo en el paladar, sino en el corazón. Es la cara oscura, la del perdedor, el lado donde uno nunca quiere estar.

Pudimos verla en el rostro de los boxeadores que perdían contra Mohamed Ali. También en los que sucumbían ante Rafa Nadal, los Chicago Bulls de Michael Jordan o el monoplaza de Fernando Alonso. La expresión no cambia, no entiende de categorías, clubes, edades, sexos o niveles de competición.

La derrota tampoco tiene memoria, siempre es nueva y siempre duele. Sempiterna, cuando aparece parece que es la primera vez que pierdes, la única ocasión en que tu gen competitivo se ve superado hasta que no puede más y es incapaz de levantar un marcador adverso.

No entiende de justicia, ni de amor por los colores, ni de sentimientos. Da igual lo que ames a tu equipo o a tus compañeros, has perdido y ella te golpea, sin poder evitarlo. Se acerca, toca a la puerta de tu ánimo y te susurra “estoy aquí”, y tu, por muy experimentado que seas, te hundes.

Con el tiempo y la experiencia, uno empieza a detectarla mejor. No sabría como explicarlo, se trata de sensaciones, de percepciones. Se puede llegar casi a percibir la derrota antes de terminar un partido, ella se adelanta y te hace mella hasta que llega el momento final. Se huele, se toca, es un sentimiento que lo inunda todo.

Sin embargo, la derrota también tiene muchos enemigos. La motivación, la lucha, el sacrificio, la actitud, pero sobre todo, el tiempo.

Tan cierto es que la derrota llega rápido como que se puede marchar a la misma velocidad. Sencillamente necesitamos un cambio de actitud y un nuevo objetivo. Con estas dos acciones, que no por ser pocas se realizan de forma fácil, eliminamos la derrota. Se trata de aprovechar el hecho de que el tiempo no se detiene.

Las horas, minutos y segundos que han pasado no van a volver, así que lo mejor que podemos hacer es aceptarlo y marcarnos nuevas metas. Si hemos perdido un partido, por muy mal que lo hayamos hecho, no hay vuelta atrás, solo nos queda aprender de los errores e intentar ganar el siguiente. Porque el partido perdido no va a volver para que podamos ganarlo, no vamos a tener esa oportunidad.

Aprender a perder nunca fue fácil y nunca lo será, pero no tenemos que dejar de intentarlo. El mérito está en levantarse cada vez que nos caemos.

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