Corriendo por la avenida sin nombre

corredor

7 kilómetros!

Ya hacía frío. El sol se había marchado hace tiempo y solo quedaba oscuridad en las calles, a veces rota por la luz naranja de las farolas que flanqueaban la avenida. Realmente, no es una avenida cualquiera, es una avenida sin nombre. La he buscado en google maps un par de veces, y no hay manera, no tiene nombre, no está marcada.

Sin embargo, su atractivo para correr es destacado. Tiene algo más de un kilómetro, empezando en una rotonda que lleva a la zona del golf y acabando en otra cerda del McDonalds de la carretera de Valencia. En el medio hay un canal que normalmente está completamente seco, dejando una fea imagen. No lo dudé, en cuanto el sol se marchó me puse las zapatillas, puse algunas canciones nuevas en el ipod y a correr.

Un carril bici de suelo duro recorre la avenida. Empecé corriendo sobre él, pero luego tuve que alternar un poco con la tierra que había alrededor, porque mis rodillas empezaron a notar la dureza. Mi meta eran los 7 kilómetros que me había propuesto. Después de mil metros ya empezaba a notarme las piernas calientes, al tercero me empezó a molestar una rodilla, y al quinto vi las estrellas. A la vez que me notaba casi todo el cuerpo bien para seguir corriendo, mi rodilla derecha y el psoas del mismo lado flaqueaban, quizás estaba forzando mucho.

Entonces ocurrió uno de esos momentos especiales del corredor, ese momento en que tienes que decidir entre para y seguir. Y yo elegí seguir, a pesar del dolor, que no era suficiente como para retirarme. Son minutos que se hacen eternos, da la impresión de que nunca vas a llegar, de que el camino se alargará eternamente sin que se divise un final. Es una mentira creada por nuestra mente, pero es algo curioso del deporte.

Me distraje mientras miraba la luna, llena y sola, cortada por la estela humeante de un avión de pasajeros a mucha altura, un tajo perfecto. La música no dejó de sonar mientras daba vueltas a la avenida sin parar, con los coches zumbando a ambos lados. De vez en cuando comprobaba la distancia, hasta que supe que al terminar la recta habría superado los siete kilómetros. Al son de “Viva de vida”, de Coldplay, pasé la distancia y empecé a frenar poco a poco mientras los músculos lo agradecían. Impresionante, reto conseguido. Volví a casa hecho polvo pero contento, el próximo día tengo un objetivo claro: 8 kilómetros!

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