Cumbres nevadas

Ya que hace tanto calor, vamos a hablar un poco de la nieve.

Gran viaje. Deportistas viajando para esquiar en Andorra, sector Pal Arinsal, en pleno marzo. Nuestra condición de estudiantes del ciclo superior de actividades deportivas hacía que nos diera verdadero temor lesionarnos en la nieve. Eso significaría no poder terminar el curso, al no poder realizar las pruebas físicas necesarias, y tener que repetir.

Aunque había ido un par de veces a la nieve, me puse en el grupo más bajo, y me vino bien, porque me caía tanto o más que ellos. Lo mejor era cuando salíamos por las pistas rojas, más desafiantes que las verdes pero no tan complicadas como las negras, que eran solo para esquiadores de mucho nivel.

Ese día subimos en grupo al telesilla (mientras yo intentaba superar mi miedo a las alturas) y nos reunimos al principio de la siguiente pista. Hacía frío, estaba nublado y había una ligera brisa que cada vez que soplaba parecía que nos empapaba de nieve. Miré la inclinación de la pista, al principio era más pronunciada, para luego nivelarse. En la parte más pronunciada, a la izquierda había una caída importante, ni se veían las copas de los árboles, que estaban mucho más abajo. Una valla anaranjada impedía caer al vacío. A la derecha se encontraba un pequeño bosque de gruesos árboles preciosos.

Nos deslizamos en fila. Escuchaba a mi alrededor el zumbido de los esquís amasando la nieve, removiéndola con ese sonido característico que recuerda a una lija. Los niños pasaban volando a pocos metros, cuerpos pequeños, rápidos y con mucho equilibrio que esquiaban de maravilla, era impresionante.

No se me daba bien, el grupo se alejaba poco a poco, me iba quedando atrás. Bajaba en cuña, pero empecé a perder el control. En un momento, cuando giraba en cuña, me fui directo hacia la valla naranja que había antes del precipicio. Intenté girar, pero no moví bien las piernas, levanté demasiado el pie izquierdo y casi me caigo, que quedé en equilibrio. Moví con toda mi fuerza el pie derecho hacia el final de la cuesta, para al menos no acercarme más al saliente de la pista. Mi pierna derecha patinó sobre la nieve, y me caí.

No lo recuerdo exactamente, pero creo que di una pequeña voltereta mientras mis esquís salían volando, una rodilla se me dobló un poco y empezó a molestarme. Menudo cuadro, yo tirado en medio de una pendiente, cerca del precipicio, con los esquís a varios metros de distancia, separado del grupo. Entonces, antes de levantarme y empezar a sudar para recuperar mis cosas, me tomé un tiempo para contemplar la montaña. Había estado tan concentrado en no caerme que no me daba cuenta de lo precioso que era el lugar. Desde ese punto, mirando hacia abajo, se veía la verdadera dimensión de la montaña, toda nevada, con cintas de telesillas que se movían como pequeñas serpientes arrastrándose por el blanco virgen.

Me levanté y poco a poco recuperé los esquís. Luego tardé otro tanto en ponérmelos y bajar. Decidí tomarme algo en el bar, y encontré a muchos como yo, algunos estaban cansados de esquiar, otros sencillamente no tenían ganas. Había también algún que otro lesionado. El dolor que sentía en la rodilla se fue esfumando, pero había sido un aviso importante, tendría que llevar cuidado.

El viaje valió la pena.

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