El acróbata

Existen, los conocemos. Esas personas que caminan sobre la cuerda, en el filo del precipicio. No se la juegan pero siempre pueden perderlo todo. No se caen, pero no están agarrados. Caminan sobre filamentos casi invisibles, metal prensado fino o cuerda vieja. A veces llevan una barra, o van en bicicleta, incluso haciendo malabares.

Sobre rocas gigantes, mares de hielo, rascacielos o nubes grises. Su riesgo no es caer, es no conseguir su propósito. Seguir caminando, no pararse ante el viento, el cansancio, el vértigo que intenta desafiarles. El miedo que atenaza sus músculos, sin querer moverse en cada paso, incapaces de concebir que se pueda continuar con la complicada tarea.

La motivación es intrínseca. No es el final, es el camino. El abandono no existe, porque nisiquiera hay una lugar para abandonar. No hay cuneta que valga, ni aguas a las que lanzarse. No hay paracaídas que abrir, hay que jugársela.

La canción estaba en lo cierto, “ando por la cuerda floja, porque soy acróbata”.

A todos nos pasa…

 

 

 

 

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