El juego de los 64 escaques

Hay pocas cosas mejores, pocos juegos que saquen a relucir todas nuestras neuronas como lo hace el ajedrez. Sus ingredientes no son fáciles de conseguir, y la receta es más difícil todavía.

Adquirimos un juego antiguo, de una época que casi no se recuerda. Le cambiamos las reglas, añadimos y quitamos piezas, formas de moverse, etc. Volvemos a ponerlo en funcionamiento, y hacemos que todo el mundo lo juegue, desde las mentes más asombrosas hasta los más jóvenes, pasando por los famosos personajes de la historia y millones de jugadores y jugadoras desconocidos que aportan su granito de arena a esta gran obra. Entramos en el siglo XX, y de nuevo este juego vuelve a subir en popularidad, adquiere dimensiones épicas con Karpov y Kasparov, Bobby Fischer y los demás jugadores que compiten con él.

Se convierte en un juego de sabios, de artistas, de niños en las escuelas, de ancianos en los parques y de jóvenes en crecimiento. Es uno de los más estudiados, millones de litros de tinta han llenado libros con diagramas en blanco y negro. Hasta una ciencia, las matemáticas, ha encontrado su sitio entre los 64 escaques del tablero, ese lugar mítico donde se libran las mejores batallas y los cálculos son una ayuda necesaria para ganar.

Y que decir de los jugadores/as. Gente especial, dispuesta a sentarse frente a un tablero el tiempo que sea necesario hasta completar la partida o perder en el intento tras horas de contienda. Genios, extrovertidos, cínicos, temerosos o reservados, el juego es para todos. No se necesita altura, ni fuerza muscular, ni agilidad con los pies. “Solo” se requiere capacidad de análisis, para comprender la posición, planificación estratégica para trazar el plan y sentido táctico para llevarlo a cabo. Por último, la fuerza psicológica y de concentración son el envoltorio de los mejores jugadores.

Hoy este juego tan grandioso está un poco olvidado, reconozcámoslo. Se reduce a un armario o un cajón, donde no llega la luz. O a un trastero donde se encuentra un viejo tablero, rodeado de polvo sin sentido, como si fuera algo poco importante, como si no fuera probablemente el mejor juego que ha creado la humanidad.

Es como si nos estuviera esperando siempre. Como si cada vez que lo miramos nos invitara a sacar las piezas y mover. Ayer jugué al ajedrez con un buen amigo, y me sigue gustando. Analizar cada jugada, resolver los problemas y las posiciones, trazar los planes…Todo para después de un par de horas, mirar al rival a la cara y decirle “jaque mate”. Jugártela en cada movimiento cuando estás en una situación complicada, deducir una jugada del rival y que luego haga otra cosa.

Esa vibración en los dedos, esa tensión cuando tocas la pieza antes de moverla. No hay nada igual, es ajedrez puro.

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